Cuarenta
años después de la muerte de Camilo Torres Restrepo,
las cosas en Colombia no han cambiado. Por el contrario, en materia
de equidad y desarrollo social el país ha empeorado. Por
eso es que se puede afirmar sin temor a equivocarse que el legado
político de Camilo y su ejemplo de lucha siguen teniendo
mayor vigencia.
No obstante
que en 1991 los colombianos estrenamos una Constitución que
acogió la concepción filosófica y política
del Estado Social de Derecho, simultáneamente se entronizaba
en el poder una clase tecnocrática cipaya de los intereses
de Estados Unidos.
Ese poderoso y exclusivo
grupo tecnocrático que ha venido gobernado a Colombia desde la
década de los 90 insertó al país en el esquema neoliberal
con los resultados de atraso e injusticia sociales de todos conocidos.
Si bien sus más conspicuos representantes han sido los únicos
ganadores porque han sido muy bien compensados por su amo del norte, las
grandes mayorías nacionales han visto como han ido mermando sus
posibilidades por acceder a los mínimos derechos de educación,
empleo, salud y vivienda básica.
Dentro de este lamentable
contexto, el mensaje de Camilo Torres no solamente cobra actualidad sino
que constituye un estímulo para no decaer en el sueño de
forjar nuevas alternativas sociales capaces de enfrentar el statu quo.
Porque los índices de desigualdad, pobreza y concentración
de la riqueza en poquísimas manos en Latinoamérica y particularmente
en Colombia, como lo reconocen inclusive los propios organismos de crédito
internacional, constituyen un escándalo y causan vergüenza
y desconsuelo.
Pero, adicionalmente,
pocos años después de la muerte de Camilo, este desventurado
país se fue desvertebrando con la aparición de flagelos
como el narcotráfico, la irrupción de ejércitos privados
financiados por las mafias de la droga que terminaron haciéndole
la tarea de guerra sucia al Estado; la expansión de la corrupción
en grado superlativo en buena parte de la clase política y en amplios
sectores de la sociedad colombiana; la mentalidad del dinero fácil;
la degradación del conflicto interno; la violación de los
derechos humanos; y la reducción de los espacios democráticos
por parte de unos sectores de derecha que detentan el poder para beneficio
de sus mezquinos y oscuros intereses.
Por eso es que proyectos
políticos como el de consolidar un Frente Unido de los sectores
democráticos y progresistas de la Colombia del siglo XXI no es
solamente un imperativo y una necesidad, sino un compromiso por parte
de quienes en esta época y con perspectiva histórica ven
en Camilo un faro que sigue alumbrando con más fuerza que antaño
la ruta por encontrar un puerto seguro en donde la igualdad de oportunidades,
el pluralismo, la democracia económica y política, la convivencia
pacífica y el respeto por los derechos humanos, sea el común
denominador y no simplemente una quimera.
La memoria de Camilo
debe servir para que los colombianos que soportamos la caricatura de país
que tenemos hoy por culpa de una clase dirigente corrupta, inepta y traidora
de los intereses nacionales, tengamos en él un referente de honestidad
y de entrega por los más caros ideales que apuestan por elevar
nuestra dignidad y alcanzar un alto grado de civilidad.
FERNANDO ARELLANO
ORTIZ
Director www.cronicon.net
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